Tal vez la vida,
en un día sin celebración,
llegue con el reloj de arena
a un común acuerdo.
Caerá el último grano,
llamado del silencio,


finito retrato del universo,
en mi piel aún lozana.
Yo,
este nómada más,
sonreiré con ese acuerdo,
y extenderé mi mano al pasado
para sujetar un puñado de hojas.
Me las pondré en los ojos,
y a ratos en la boca,
evitando la luz del presente,
como una cortina, una ola.
y dormiré plácido,
comprendiendo
que algo del anciano árbol,
sembrado en esta cárcel,
es suficiente para pasar al sueño.

Sebastían Narváez

 

 

No necesito más que unas hojas

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